por furuna el Sab Mar 01, 2008 5:02 pm
Hola, muy buenos días, ¿cómo han estado? La verdad esta ha sido una semana algo frenética para mí.
Me queda dar las muchas gracias de nuevo. Todo lo que dicen es demasiado valioso para mí, como no se imaginan.
La verdad, no creo que este capítulo en particular les guste mucho. No sé que tenía en la mente cuando concebí hacerlo, pero por respeto a ese momento de mi vida, lo he dejado así. Nunca puedo hacer tramas dulces y hermosas.
Os lo dejo.
Capítulo VII.
Por diversos motivos que ahora no logro recordar, no pude regresar a ella en varios días, tal vez semanas de separación obligada. Intenté consolarme con la idea de que ese tiempo lejos de ella me haría bien y me ayudaría a recobrar mi vida, mis derroteros.
Por momentos creía sentirme tranquilo, como si ella solo fuera un recuerdo vago, como si no existiera y todo hubiese sido obra de mi imaginación. Pero en otros momentos sucumbía a la desesperación de no verla y tenerla, ansiando volver a ella y retenerla en mi cuerpo sin dejarla ir más. Comprendí lo subyugado que estaba a su recuerdo y deseos, ella podría hacer cualquier cosa conmigo y yo no tendría la voluntad para negarme, aunque también esas ideas se diluían volviéndose una nada y yo volvía a hundirme en mi asquerosa soledad.
Los días estuvieron lluviosos, fríos y por norma obscuros. Para mi estado de ánimo resultaban perfectos, como si me mimetizara con el ambiente y formáramos una sola cosa. Algo oscuro y gris. Algo lejano y solo. Siempre solo sin ella.
Cada vez más la idea de que era yo una entretención para sus días me iba carcomiendo. Porque ella no regresaba, ella no había vuelto a aparecerse en mi vida. Llegue a maldecir aquel atardecer lluvioso y horrible, maldiciéndome a mi por no haberla abandonado a su suerte, a que muriese lejos de mi. Porque o si no, mi vida hubiera seguido su curso de destrucción sin detenerme por un ser incapaz de amarme y ante el cual me hallaba totalmente indefenso, obsesionado y endeble.
Pero pronto me daba cuenta que era tratar de engañarme a mi mismo. Tratar de decirme que todo estaba bien y que podía manejar la situación. Gracias a ella mi vida de manera inexplicable hallaba una excusa verdadera para continuar, una razón con fundamentos porque por si sola ella era justificación de todo. Gustoso sucumbía ante aquella invasión.
Quise muchas veces volver a Konoha y atraparla en la obscuridad de las noches lluviosas que no se iban, pero me detenía el miedo. El miedo de sentir nuevamente que yo pasaba por su vida sin siquiera rozarla, casi siendo un espectador de sus vivencias, que era un mero accidente y que emprendería el vuelo sin mi. Me mortificaba. Se llevaba mis fuerzas. Y me hacía odiarme como nunca antes. Ella. Ella que no volvía y estaba feliz en su vida normal, con sus amigos, con los que la "querían". Estaba yo muy lejos de todo aquello.
La idea de que yo no tenia que ofrecerle, nada fijo, nada concreto me daba a entender que probablemente estaba de paso por su vida. Por eso no volvía. Ella tenia una vida concreta, estable, aunque llena de tormentos que no conocía. Jamás cambiaria eso por mi. Jamás y yo lo sabia...
Me sentía enfermo y cansado, más ensimismado que nunca y sin ganas de seguir nada. Precisamente esa noche me sentía mortificado y con el peso del mundo sobre mis hombros, pero algo pude oír entre la lluvia, pensando que mis oídos me engañaban me acerqué a la puerta y abrí despacio. Muy despacio, mientras mis latidos se aceleraron al verla. Ella. Hinata. Nadie mas podía ser. Ella o nadie.
Como era su costumbre entró en silencio, pero mirándome fijamente, lo que me hizo sentir extrañado. Algo raro había en ella, pero su sola presencia me obnivulaba y no me dejaba pensar con toda claridad.
- ¿A qué has venido?- me oí decir por lo bajo.
Me extrañaba. Ella me extrañaba o eso creí oír en sus palabras. Ella había pensado en mi todos esos días, se había torturado como yo por la ausencia. Eso saqué en claro mientras la oía. Pero la duda. Siempre presente... Me acerqué a ella y rodeé su cintura con mi abrazo, hundiéndome en su cuello, dedicándome a oler su pelo bañado de lluvia, bañado de noche, bañado de soledad. La vida sin ella, definitivamente me quedaba grande y vacía. Se lo dije en ese momento, me derramé ante ella en ese instante. Pero ella nada me respondió, solo alzó mi cara y me obligó a mirarla a los ojos. Los suyos estaban llenos de una extraña pasión febril, como si me desease de forma desesperada, por lo que no acabé de "creer".
- Dime... ¿qué sientes por mi?
Eso me lo preguntaba ella. ¿Aún no le quedaba claro? ¿O es que mis esfuerzos ni siquiera habían llegado a ella? Me sentí asqueado de mi mismo. Le dije que la odiaba. Que no quería verla. Siempre lo mismo, siempre lo mismo de siempre, ella que no me amaba y yo que debía herirla para atormentarla y protegerme de un dolor interno.
Intentó alejarse de mí, pero alcancé su muñeca delicada en el aire, obligándola a volver a mi cuerpo en forma brusca, más que nada deseaba su contacto y no le iba a permitir negármelo. Yo debía saber que buscaba de mí.
Le di un beso también brusco y sin cuidado, lo que hizo que me mordiera los labios, pero a pesar de eso no la dejé, sino que suavicé mis movimientos, acariciando su espalda frágil. Sentí que lloraba, sentí su cuerpo estremecerse y tuve que sostenerla para que no cayera al suelo. Yo no comprendía. Desesperado susurré perdones varias veces, mientras su hermético silencio me iba devastando. De pronto tomó mi mano y me llevó a sentar junto a ella en la cama. Esperé. Esperé a que se decidiera por abrir su corazón. Pero no.
- Nunca más volveré por ti, ya no más Hinata.
- Tú... t-todo era me-mentira- respondió sollozando.
¿Que te ocurría? ¿Qué te habían hecho? ¿Por qué yo no podía saberlo? La obligué a recostarse y se quedó mirando el techo. Le dije que la amaba y que no podía pasar de ella aunque lo quisiera. No podía darme ese lujo ya. Pero también le dije que si ella no me quería ya no iban quedando fuerzas. En eso se volvió a mí y me abrazó en forma desesperada, como una ciega. Ella fue quién me besó de manera que no lo había echo antes y me arrastraba a la locura sin sentido. Ella. Nunca antes lo había echo. Ella me desnudó y me poseyó todo, completo. Me hizo sentir vivo.
- Habrá un festival la próxima semana.
- A mi no me importa.
- ¿D-de verdad Sasuke?
Era un tono de profundo reproche, en ese momento no lo comprendí. Tampoco me importaba lo que sucedía en aquella villa, no era ya mi incumbencia. Salvo ella y todo lo relacionado a ella.
Se abrazó a mi cuerpo, se refugió en mi cuerpo y se quedó contemplando la ventana y su lluvia.
Ya estaba más tranquila, eso podía saberlo por sólo sentir su corazón latiendo contra mi pecho. Me había atormentado con su pregunta, como si yo quisiera ocultarle alguna cosa. Me dio rabia, pues ante ella la sensación de sentirme indefenso no se iba, pero eso era algo que sólo yo podría saber.
Me imaginé que tal vez la idea de que me consideraran un traidor podría dolerle, porque ese era el obstáculo insalvable entre nosotros. El abismo que nos separaba era mi decisión de huir y mandarlo todo a la mierda. Nada sería lo mismo entre la gente que me vio nacer, entre quienes me vieron jugar y correr por aquellas calles de la niñez, que ahora quería volver a recorrer junto a ella, si tan sólo me diera la oportunidad.
Era una noche animada a pesar del invierno que reinaba por todas partes. La idea de hacer un festival en medio del frío me parecía una idea de lo más absurda e imbécil, pero era perfecto. Sí, iría por ella en medio de toda la confusión en el pueblo, a pesar de que ella se había ido enojada como siempre, pero acabé por reconocer que no se había merecido tal cantidad de insultos ni aquella frialdad con que terminé la visita. Ella se había arriesgado a ir a mi lado, con los peligros que conllevaba y aún así la había atacado. El recuerdo de sus ojos tristes me hizo amarla aún mucho más, ya no quería su distancia y como fuese la buscaría.
Me adentré por los callejones cubierto por una máscara de festividades, nadie podría reconocerme, nadie tampoco tendría que reparar en mí…Continué caminando sin prestarle atención a nadie, nadie de ese lugar me importaba.
De improviso me hallé frente a frente con la última persona que hubiese deseado. Mi antiguo compañero de grupo. La persona que trató de retenerme contra mi voluntad y casi lo había conseguido. Naruto.
Se quedó quieto mirándome directamente a los ojos, en ese momento me sentí desesperado, idiota y perdido. Si me descubría estaba totalmente a la merced del pueblo que me odiaba y me consideraba la peor. Pero él no se movía, por lo que continué avanzando como si nada hubiera ocurrido, como si él no existiera para mí.
Naruto agarró fuerte mi brazo, obligándome a detener mi marcha. Me volví a él y esperé cualquier cosa. Sólo abrió la boca, balbuceando cosas que no entendí en un principio. Cosas de que era idéntico a un camarada suyo. Con la cabeza lo negué y me solté por la fuerza, anulando mi esencia para que no insistiera. Se quedó ahí mientras seguía con Hinata fija en la mente. Era raro, era desquiciante darme cuenta de todo lo que arriesgaba con eso...
Pero el encuentro había removido algo en mi ser y una terrible pena y nostalgia se fueron apoderando de mí. Yo no quería sentir aquello por que me hacían débil, me hacían sumiso al pasado. Y me hacían arrepentir de mis decisiones. No era feliz, pero para consumar mi venganza eso era lo de menos.
La vi. La vi detenida en medio del mar de gente, con la mirada extraviada y pesumbrosa. Como cada vez que yo la hería de forma injusta y estúpida. Me encaminé hacia ella expectante y sintiéndome bien por habérmela hallado en el camino. Pero algo sucedió. Algo desesperante y desquiciante. Su primo llegó a su lado antes que yo. Antes que yo tomó su mano y se la llevó a un callejón apartado.
Por unos momentos me quedé varado sin saber que hacer. Me había sorprendido su forma de verla y como ella había respondido, tan frágil, tan entregada. Sentí que la sangre me hervía y quise desaparecer.
Como un loco avancé hasta el callejón oculto y sin gente. Estaban solos. Estaban solos como cómplices en algo prohibido. Él la besaba en forma desaforada y Hinata no se negaba. Ella respondía a ese beso con la misma intensidad que él, con la misma pasión. Pero esa yo la conocía, así me besaba a mi también, así me tocaba y acariciaba. Así de la misma manera que a él. Así como con todos los hombres que tenían la desdicha de hallársela por el camino. Me sentí profundamente decepcionado y solo. Más que el día anterior, más que los meses y años anteriores. Ella sólo era un aparición en mi vida y como tal tendría que marcharse. Yo era una nada y al final lo había comprendido. En ese momento le dije adiós a todo.
No supe por qué no golpeé a su primo. No sé por qué no llegué hasta su lado para tratar de matarlo y matarla a ella y enrostrarle todo lo que me había echo. No supe por qué solo me di la media vuelta y les dejé solos. Por primera vez me habían derrotado, pero era una batalla perdida desde el principio, yo lo sabía y por idiota había perdido de manera cabal.
"Nunca fuiste mía. Nunca me perteneciste"
Sólo recuerdo que desperté en una posada de mala muerte, perdida en la nada y con un dolor de cabeza tremendo. Una mujer estaba abrazada a mi cuerpo desnudo con porfía, aún dormida. Sentí asco de mi mismo. Asco de aquella mujer. Asco de aquella habitación tan inútil como mi vida. Asco de todo mi pasado y de su recuerdo.
Algo mareado por que había bebido demasiado, me puse a observar a aquella mujer. El parecido con Hinata me dio a entender mi debilidad. Su blanca piel, su cabello oscuro y suave. Pero no era ella, claro que no. La Hinata verdadera probablemente se hallaba entre los brazos de su primo, tal vez como esa mujer junto a mi lado, una mujer desconocida y que no podía importarme menos su suerte.
Acabó por despertar y mirarme de manera profunda, cosa que no llegó a conmoverme. Sólo quería salir de aquel lugar y volver a la soledad, aquella a la que yo mismo me había condenado. Cuando quise levantarme, me tomó el brazo. Sus ojos brillaban de forma extraña. El asco en mi ser sólo crecía.
- La amas mucho, de verdad la envidio – me dijo por lo bajo.
No tenía deseos de hablarle, pero sentí en esos momentos que algo le debía por haberme acostado con ella sin saber nada de su existencia, sólo por despecho, sólo por el recuerdo implacable de ella.
- ¿De qué hablas?
- Su nombre…no dejaste de repetirlo en ningún momento.
- No deseo hablar del tema, menos contigo.
- Claro, yo al igual que tú, soy una nadie.
Antes de perder por completo los estribos acabé de vestirme y salir rumbo a mi guarida. Lo último que vi de aquella horrible habitación fue el rostro triste de la mujer, rostro que no quería volver a ver en mi vida. Sus palabras habían logrado herirme.
Camino al lugar de mi destino las imágenes de la noche anterior se revolvían en mi cabeza. Naruto y su mirada de confusión. La gente en un ridículo festival de invierno, pero feliz ante todo. Y ella. Ella entregándose a su primo, como ante cualquiera. Me había decepcionado, pero consideré dentro de todo que no tenía derecho, estaba bastante idiotizado, pero ya no quería volver a verla, no quería dañarme más. Ya no más. Era el fin para todo ya que ella así lo había decidido. Nada podía hacer ante eso.
Eso pensaba yo hasta que la vi sentada apoyada en mi puerta, con la cabeza posada en sus rodillas. De momento no supe que hacer. No esperaba hallármela así ante mi puerta. Su rostro se veía cansado, triste y lejano. Le dije fríamente que se retirara por que me estorbaba. Antes de decirle algo que la reconfortara, la alejaba de mí.
Le dije que aquel no era lugar para ella, que no debía haber abandonado la cama de Neji por venir a engatusarme. Que ya no volvería a caer en su juego, que se consiguiera a otro idiota por que yo ya no estaba disponible.
Me gritó que en lo de idiota yo tenía razón. Un puerco desalmado igual que todos. Me gritó que me había sentido mientras se besaba con Neji y había salido tras de mí. Hasta que llegué al bar de mala muerte y me enrolé con la mujer desconocida. Lo sabía todo.
Me quedé sin saber que decirle. Me sumí en un incomprensible silencio, analizando todo lo sucedido. De todas formas sentía que no me hallaba en falta, ella no era nada de mí, sólo algo que iba y venía. Ya no lo soportaba, ya no daba más con todo. Debía acabar o me moría.
- I-iba a expli-carlo... l-lo que viste.
- Es tan claro Hinata... tanto que he renunciado a ti.
- ¡No me acuesto con él si a... si a a eso te refieres!- gimió con rabia.
Agarró una piedra y me la lanzó furiosa. Casi me llega a el ojo izquierdo. Noté como su cuerpo temblaba. Parecía celosa por lo que había visto y yo seguía como un imbécil sin saber que decirle. Era simplemente por que no la comprendía.
Le pregunté entonces, si yo era tan idiota y cerdo ¿por qué me había esperado? ¿Por qué temblaba de rabia si yo no era importante? Me dejó helado con su respuesta. Que no volviera más a por ella, que yo acababa de morir. Me di cuenta de que en ese momento había dejado de existir para ella, que su frágil confianza se había derrumbado. Por mí. Por mi maldita causa. La había perdido y sentí que era irremediable. Nada. Absolutamente nada era peor que yo hubiera estado con otra. Para ella sí era importante y lo noté por su mirada.
Muy tarde...
Sólo susurré cuanto la amaba, cuanto la deseaba sólo a ella, pero sólo hallé indiferencia en sus ojos. Replicó que si volvía a poner un pie en Konoha, ella lo contaría todo a la Hokage, sin importarle un poco mi destino, lo que me ocurriese ya le daba igual.
- ¿Por qué? ¿Por qué Hinata si yo no soy nada para ti?
- Eres tan idiota Sasuke... ¿por... por q-qué crees que lo-lo he arriesgado t-todo por e-star aquí? Esto me asusta, e-es algo q-que me supera.
Lo dijo con tanta melancolía que se me revolvió la mente. ¿Era acaso yo tan egoísta y ciego? ¿Era yo tan testarudo que no veía más allá de mi nariz? Volví a verla cuando ya se estaba yendo, cuando ya estaba lejos de mí.
Corrí tras ella y la alcancé como bruto, agarrando su estrecha cintura y acercándola a mi cuerpo. Pero parecía una muñeca de trapo entre mis brazos. Gemí una grosería y ella se volteó y me pegó tan rápidamente que sólo lo noté al sentir dolor en mi mejilla derecha. Continuó pegándome hasta que caí al suelo, pero llevándomela conmigo. Dejé que hiciera lo que quisiera, con tal de retenerla un poco. Lloraba. Lloraba como una nena, pero como si yo no estuviera a su lado y nadie más lo estuviera.
Te amaba. Te amaba repitió hasta cansarse. Creía que tu también fue lo último que me dijo antes de caer desmayada por la fatiga.
-------------------------
Sé que me deben estar odiando. Lo sé y lo entiendo...
Adiós a todos.