por furuna el Mar Feb 12, 2008 12:05 am
Hola, muchas gracias de nuevo por sus comentarios. Acá va el segundo capítulo de este fic... Me gustaría modificarlo, pero por alguna razón no puedo, es como si traicionase algo. Todo mejora o empeora ¿no? A medida que avance algunos capítulos serán más largos, y estos... algo en ellos hay...
En fin.
II. Capítulo.
La preocupación no se iba de su mirada, a todas luces pensaba en su equipo. En eso se recostó elegantemente sobre mi lecho, hipnotizándome totalmente con cada movimiento. ¿Qué diablos pasaba conmigo? ¿Acaso la falta de mujer me estaba poniendo idiota? Sacudí mi cabeza tratando de que la idea se me volara de la mente, pero... la tenía tan cerca de mí... nada me hubiera costado tal vez poseerla. Cerré los ojos tratando de oír la lluvia incesante, tratando de ocupar mi mente en otras cosas. Sentí que se levantaba de pronto, muy débil, pero decidida.
- ¿Qué haces?
- De-debo...ir-m-e...d-deben e-estar pr-eo-cupados p-por mi.
- ¿Eso crees? - no sé por qué, pero quería herirla. Me sentí imbécil, pero quería seguir adelante.
Se mordió el labio inferior y no me replicó. Paseó su mirada por el cuarto, buscando algo que supuse sería su chaqueta. Le dije que estaba sobre una silla cerca de ella. En silencio acabó de ponérsela y se dirigió a la puerta.
Sí. Sí que actué como idiota. Corrí a su lado y tomé su frágil muñeca, cosa que hizo que me mirase espantada. La lluvia fue muda testigo de ese enfrentamiento silencioso. Entre dientes dije algo acerca de la lluvia, de que ya anochecía y su debilidad, puras excusas ¿para qué? Sólo no quería sentirme tan solo, como me venía sintiendo en las noches. Volví en mí al sentir su mirada fija en mi rostro lo que hizo que me volteara y entrara a la habitación.
Se quedó detenida en el dintel de la puerta, mirando al suelo visiblemente confundida. Me molestó mi actitud, de pendejo idiota. Me volví hacia ella bruscamente.
- Si te tienes que ir ¡hazlo! no tengo tiempo para perder con idiotas...
- ¡Yo no-no t-te pedí que lo perdieras!- me reclamó molesta y alzando la mirada hacia mí. Me gustó esa mirada con rabia, era su verdadero yo, era de una siceridad plena.
- Tienes razón, te debí dejar bajo la lluvia ¿no?
Vi el odio reflejado en su mirada, dignamente me dio la espalda, pensé que se iría y me dejaría tal cual como me sentía, un tarado solo y egoísta. Pero no, sentí la puerta cerrarse y ella se quedó junto a la pared. Tenía los ojos brillantes, ya me parecía que iba a llorar, joder me iba a quedar otra vez como condenado.
- ¿Qué no te vas?
- Es...es q-que n-no me sie-ento bien y...y -se mordió otra vez los labios y continuó mirando al suelo- Pero si q-quie-res m-me voy.
No. Le dije quedamente que no y le dí la espalda, dándole a entender que le cedía mi cama. Yo me quedé junto a la ventana, donde pude notar que ya no llovía, que ya el silencio iba cayendo y estaba a solas con ella.
Se acercó a la cama y la miró como si nunca hubiera visto una, me estaba haciendo perder la paciencia con su conducta, ni que fuera a lanzarme sobre ella ¿qué creía?
- ¿Y tú?- acostándose.
- No dormiré esta noche, debo hacer guardia.
- De-debe s-ser triste- se abrazó las rodillas como una niña pequeña.
Lástima, me tenía lástima, de seguro al ver la forma en como vivía, y yo no quería su lástima, al diablo la gente que se cree con el derecho de tenerle lástima a alguien. Pero no, lo decía por ella misma, eso lo noté por la mirada.
La vela acabó por extinguirse y nos sumimos en la oscuridad, eso me ayudó a relajar y pensar en otra cosa. Itachi. Cómo me revolvía el estómago de la rabia, y eso me hacia sentir vivo… No deseaba sentirme vivo para nada más.
Ella se recostó y aún así noté el brillo de su mirada. Mirada que por lo demás me hacia sentir pequeño, pero no se lo iba a demostrar a ella.
Se quedó dormida al poco rato, en eso recrudeció la lluvia. Me acerqué a ella y toqué su frente, la fiebre ya había bajado su respiración ya era normal y se iría temprano. Se iría y todo quedaría en nada. Sacudí mi cabeza, me estaba apenando. Yo. El que vendería el alma al diablo y pasaría por sobretodo para consumar mi venganza, me apenaba su partida, ¿por qué?
Acerqué una silla hacia ella y comencé a mirarla, inconcientemente mis manos recorrieron su pelo y rostro. Era suave y su olor muy dulce a pesar de la tierra que llevaba encima. Me acerqué aún más para sentir su respiración pausada, tranquila y me sentí solo. Muy solo, demasiado, yo no tenía nada y ella… ella se iría en cuanto amaneciera. No volvería a verla y esa idea me mataba.
“Tú no me vas a superar”
Se movió de pronto y quité mi mano rápidamente, mi corazón se aceleró al sentirme “atrapado”, pero ella seguía dormida ajena a mis pensamientos y deseos. Me alejé lentamente y decidí no volver a mirarla, esperaría que se marchase y no volverla a ver. Jamás, ella no estaría en mi vida. Ninguna otra. Menos ella.
Ya estaba pronto a amanecer, el cielo estaba gris y una que otra gota de lluvia caía. Se incorporó en silencio, cansada por la fiebre. Pensé que se iría sin más.
- ¿N-no qui-eres m-andar a-algún me-nsaje a Konoha?
- No, no sigas con eso, ¿eres idiota o qué?
- ¡¡¡ Eres tú el imbécil!!!
La miré con indiferencia, aunque por dentro su mirada apasionada me iba capturando. Avanzó hacia la puerta. Me dijo un adiós por lo bajo y salió al bosque.
Me quedé detenido, varado al lado de la maldita ventana, por primera vez confundido y sin saber qué hacer, por un momento pensé ir tras ella, buscarla y no dejarla salir nunca más de la habitación. Pero. Pero mi orgullo era demasiado grande, demasiado idiota como yo mismo. Me quedé solo por orgulloso y así debían ser las cosas.
Debían, pero no lo quería por alguna razón.
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¿Ustedes creen en los amores relámpagos? Yo no, pero no puedo evitar pensar en ellos como ven.