por furuna el Lun Feb 25, 2008 8:41 pm
Buenas tardes, ¿cómo están?
Pues lo he pensado mucho, suena banal y todo, pero me hubiera gustado ser una buena escritora de lemons. Ciertamente lo mío va por el lado de describir y transmitir emociones, pero no de ese ámbito. Me resigné -aunque lo intento aún- a que nunca haré un lemon bueno, y eso me martillea la mente ^^.
Probablemente este sea el último capítulo que publique en esta página. Tal vez luego de esto ya no quede nada. No lo sé muy bien ahora ¿qué opinan? Bien, no les aburro más, les dejo el sexto capítulo.
VI Capítulo.
Nada. Me respondió una nada absoluta y ni siquiera se dignó a mirarme, solo abrazarse las piernas como una nena pequeña, avergonzada y confundida. ¿Por qué? no me atreví a preguntar. Solo llegué a la conclusión de que todos mis esfuerzos por llegar a ella serian infructuosos, vanos. Ella no lo quería y llegué a sentirme utilizado de una forma feroz. Si ella no me quería, ¿por que había sido mía?
Me vestí furioso sin prestarle atención, siendo que en mi interior deseaba quedarme a su lado lo que más pudiera, abrazarla y no soltarla. Pero ese era un camino muy distinto al que había trazado para mi tres años antes. Ella lo trastocaba todo...
Solo una cosa rondaba mi mente, una idea enfermiza y tortuosa. Algo que ella no me dejaba conocer.
- ¿Amas a otro? ¿Es eso?
Alzó su mirada hacia mí, lentamente, sin dejar de abrazarse. De pronto recordé el pasado. Naruto. El que ella había amado de una manera tan enfermiza como lo comenzaba a hacer yo. Sentí un mareo ante la posibilidad de que eso...fuera verdad, en cierto modo me arrepentí de mi pregunta. ¡Maldición como me torturaba todo! ¿Qué era yo? Un payaso idiota.
Me miró asustada al sacudirla por los hombros. Me detuve de improviso y apoyé mi frente en su delicado cuello. Era desquiciante. Era más que nada humillante y jamás me imaginé verme así.
- Y-ya t-te dije q-que me gu-gustas.
¿Gustar? Me sabía a tan poco, puesto que yo quería que sintiera lo mismo, el miedo, la obsesión, el vacío si no la tenía cerca. Las ganas de dejarlo todo por una estúpida ilusión. Le dije que entonces no habíamos echo el amor, que era sólo sexo. Que no era la única y que después de ella vendrían muchas más, por que no me iba a detener por su causa, que no era digna. Me pidió que me callara. Que me hacía daño. Y tenía razón., nuevamente.
- Te gusto, pero no me amas.
Murmuró un no sé y no me miró más, haciéndome sentir en un condenado vacio. Siempre sucedía lo mismo, siempre me iba de su lado con ganas de no volver a verla jamás, sintiendo que la odiaba y las ganas de estar a su lado siempre me vencían.
Por ella estaba decidido a alejarme de todo lo que consideraba mi derrotero. Por ella mis caminos cambiaban por que estaba invadiendo toda mi vida.
Le quité la sábana a tirones y me golpeó avergonzada ya que la dejé desnuda. Le robé un beso fugaz que me devolvió la calma y me retiré ya que aún estaba algo oscuro. Lo último que vi fue su hermoso cuerpo elegantemente recostado en la cama, su mirada fija sobre mí. Una mirada brillante y dudosa, pero para "mí".
Esa nueva imagen no me abandonó en los días sucesivos. Cada vez que despertaba estaba ella allí. Y por las noches era peor, ya que el recuerdo de su piel me exasperaba de deseo y debía reprimir mis ganas de correr a por ella. Pero sabía que no me esperaba como yo.
Aquel era un día excepcionalmente brumoso y frío, como todos los anteriores. Me hallaba lejos de mi guarida, merodeando por los alrededores, eso aplacaría, en mi opinión su recuerdo y me permitiría alejar de mi infierno. Esperanza vana ya que lo cargaba conmigo.
El destino me dio a entender que yo era su mero títere. Allí, en ese lugar volví a verla con su grupo, con sus imbéciles amigos. Noté de inmediato la preocupación y desasosiego en su mirada. Los observe un momento oculto tras unos árboles, el viento helado dándome en la cara y su imagen bailándome en los sesos.
Ella se iba quedando relegada a propósito, sin que ellos lo notasen. Lo decidí. Como una sombra me acerqué a ella y la llevé hacia un lado del camino, tan rápido que ellos continuaron su marcha sin percatarse mientras yo mantenía la boca de Hinata tapada, quien extrañamente estaba tranquila.
Sus ojos... su mirada. Fue ella quien me rodeó el cuello con sus brazos y se adueñó de mi boca. Era un niño otra vez, era un perdido y ella lo que quería. Respondí a su beso, sintiéndome confundido. Yo. Yo. Ella. Súbdito de aquella chica inestable emocionalmente.
Hinata, Hinata llené mi boca con su nombre. Obtuve una sonrisa. Para mí. La primera y me sentí conmovido, era mía y nadie me la quitaría. Pero su mirada conservaba un deje de tristeza. Me dijo que sus compañeros podían vernos, que podrían volver en cualquier momento. Le grité que no me podían importar menos los imbéciles de sus amigos, cosa que le hizo replicar que esos imbéciles eran gente que la estimaba.
- ¿Te estiman para qué?
Volví a ganarme una bofetada y su mirada furiosa. Me calmé y la abracé torpemente, pensando en que no la iba a dejar ir, que se machacaran los sesos buscándola. A tirones la conduje a mi habitación en la nada, débilmente intentó negarse. Su piel, el sentirla me hacía despertar.
Me miró con pena, con un dolor insulso, por que estaba fuera de mi mismo, pero no me importaba.
- E-res u-un ridículo.
- No importa.
- E-es u-una m-misión…
- Cállate.
Se volteó dándome la espalda, interponiendo la distancia entre nosotros. Como si nada sucediera. Dos perfectos extraños. No había avances, nada, ni un milímetro. Tal vez me equivocaba, lo único, mi amor absurdo por Hinata.
- ¿Por qué?
- ¿P-por qué te-te torturas?
- ¿Cuántos más hay?
Apoyó su frente contra el cristal de la ventana y así desde la distancia vislumbré una sonrisa triste y lejana. ¿Qué es lo que te atormenta? ¿Qué es lo que tanto te daña y no me alcanzo a imaginar?
Prefiero no recordarlo.
Me quedé procesando sus palabras. No recordar. Olvidar. A ella, volver a empezar de cero. Sin ella. Imposible, por que simplemente no quería. Con ella, sólo con ella.
Oí que hablaba de que no la torturase más y que no me hiciera daño a mi mismo, a lo cual respondí que eso era asunto enteramente mío y que no se metiera en eso. Avancé hacia su frágil figura, repitiendo la pregunta de aquella noche.
- ¿Estarías conmigo?
No. Me dijo que no. Sentí que la odiaba de una forma increíble, que se había dado el gusto de haber estado conmigo para pasar el tiempo, para sus caprichos, que se iba a arrepentir y me las pagaría. Yo y cuantos más. Todos los que envidiaba.
- T-te mereces algo mejor.
- ¿Mejor? ¿Qué demonios?
- Eso. Una mujer m-mejor.
Me desconcertó y sorprendió. No entendía si se burlaba de mí o si de verdad hablaba en serio. ¿Por qué si yo la amaba, ella se odiaba de esa forma? Tan ciegamente que eso bastaría para que se alejara para siempre de mi lado.
Le dije que no. Que la quería a ella, fuera maravillosa o fuera una calamidad, la necesitaba tal cual. Balbuceó que no siguiera, pero obviamente, no le hice caso.
Su cuerpo se sacudió en espasmos de llanto y llegué para abrazarla por la espalda y hacerla sentir mi deseo.
- Sólo me importas tú.
- ¡No!- gimió furiosa con ella misma.
Cada vez me iba acostumbrando a sus cambios de humor. Creía comprender su tormento, pero no me imaginaba yo cuánto ella había pasado. Quería en ese momento que me amase y se olvidase de todo.
Descansé más tarde sobre su piel desnuda y tibia. Me sentía feliz sólo con eso, lo que me daba la sensación de siempre, el idiota perdido en el mundo, un imbécil buscándola. Pero ella estaba ahí, no se había ido.
Más tarde me dijo que ya era hora de marchar. Le pedí que se quedara por la noche, que la necesitaba. Contestó que le hacía daño. Siempre lo mismo, un daño que sólo estaba en su mente, no en mis ganas.
- Será por que no me amas Hinata.
- ¿Por qué insistes entonces?
No había caso si le respondía, a ella le daría igual de todas formas, así que me dediqué a besar su cuello, sin darle más atención, reteniéndola egoístamente.
- Ya es tarde.
- No te vayas, ya es de noche.
- Tendré problemas.
Dios… Dios como era de testaruda. Acabé por gritarle que se fuera, que era una pérdida de tiempo y que no volvería por ella porque tenía miles de cosas mejores que hacer. Que sus amigos la hicieran feliz. Y que si me odiaba tanto o a cualquier otro no se acostara por juego.
Respondió que era un prejuicioso de mierda, un pendejo idiota. Así. Y añadió que era un cerdo de lo peor y sólo pensaba en acostarme con ella, como con cualquier otra. Ahí la detuve a gritos. Luego de haberla vuelto a encontrar no había podido estar con nadie más. Por lo tanto resumí que era ella de quién se podría decir eso, por que a pesar de haberla insultado y tratado mal, se enredaba conmigo.
Lo decía por el mero placer retorcido de atormentarla, daño, sólo daño podía hacer en esas circunstancias, sintiéndome tan patético.
Agarró mi cuello con ambas manos y pretendió ahorcarme, con lágrimas en los ojos me dijo que era lo peor que le había podido suceder en la vida.
Me sentí una mierda y dejé que se desahogara, odio era mejor que su indiferencia y el sentir que le provocaba cosas era delicioso.
- No vuelvas a Konoha, no te necesito.
- Volveré si quiero, al diablo contigo.
- ¿A qué?
A ti le iba a responder. Pero me mordí la lengua. Estaba mal, todo mal con ella, así no lograría su amor, sólo su frío desprecio. Lo que menos deseaba en el mundo.
Callado la abracé y logré que se quedara conmigo esa noche. Una victoria a medias, pero victoria al fin. Dormí sobre ella, tranquilo, sintiéndome dueño de una felicidad esquiva y tortuosa, muy egoísta.
A la mañana siguiente ya no estaba, no quedaba ningún rastro de su paso por la habitación. En silencio había vuelto a abandonarme…
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Nota: No puedo hacerla dulce, simplemente no. Y él, no puede ser más tortuoso...