por furuna el Dom Feb 17, 2008 1:09 am
Buenas tardes. Gracias por leer, por sus comentarios, por decirme que lo hago bien aunque yo nunca lo crea en realidad. Tiendo a ser muy crítica y detallista, conmigo más que nada, por eso releo lo menos posible mis escritos, porque siento a veces que los aborrezco. Pero no puedo dejar de escribir.
Capítulo IV.
Nunca antes me había sucedido. Jamás había sentido esas ansias de poseer por entero a una sola persona, tener todo de ella y que nadie más pudiera tener ese poder. Nunca antes me había visto tan arrastrado por un ser, nadie nunca me importó demasiado porque vivía pensando... en fin, en mi venganza, en mis deseos de muerte, en ver correr sangre, en honrar la memoria de mi clan, en acabar con todo y luego destruirme en el proceso.
Me confundía, que risa, el maldito traidor que abandonó todo por lograr su
derrotero, estaba absolutamente confundido por ese molesto sentimiento que nacía en mí, que por más que luchara por evitarlo, estaba ahí como una realidad inflexible que me carcomía.
Todo era rápido, maldición, por una vez algo se escapaba de mi control y eso me enfermaba. Y siempre la pregunta que una y otra vez me golpeaba el cerebro sin dejarme tranquilo un instante, ¿por qué ella?
Ella.
Los días sucedieron a los días y yo no había vuelto a verla. Me repetí miles de veces de que era lo mejor, que era una absurda y que no necesitaba a nadie. En realidad imbecilidades que creía me dejaban tranquilo. Pero no. Pero seguía ella toda absurda... y deseable.
Estaba ensimismado en mi mismo, había recuperado mi humor habitual, mi humor de ogro anacoreta. Me hacia falta algo y lo sabia, me hacia falta ella y no lo reconocería. Lo mas grande que tenía era mi maldito orgullo.
Hasta esa noche. La noche...
Era una noche cerrada muy obscura y como de costumbre mi guarida se hallaba en la penumbra. Me recosté sobre el lecho y me quedé mirando hacia la nada. Una nada absoluta y que sólo me hacia pensar en ella. Me revolví en las sábanas desesperado. Debía acabar con ello, el tiempo se me escurría en las manos y la vida... se me iba, cada noche.
La lluvia nuevamente hizo presencia y su recuerdo triste volvió a mí. Pero ella no me deseaba, ella no había vuelto, ella era feliz con su vida normal y tranquila, yo no le podría ofrecer absolutamente nada. Mis bolsillos vacíos y sólo una sed de venganza que con nada se apagaría. Eso me decía. Eso me decían sus ojos que me miraban con miedo.
Observé atentamente la ventana (maldita manía la mía de verla) las gotas de lluvia formaban imágenes extrañas, deformes, incomprensibles, como lo que me pasaba. Exactamente igual, algo ridículo, bizarro, irreal y sin embargo lo estaba viviendo, sin embrago era posible palpar mi deseo por ella. Pero que se quedara con sus "amigos", que se fuera al diablo. Para olvidarla. Para vivir en paz.
Un golpe seco. Un golpe que me hizo volver en mí de manera brusca. Por un momento perdí la conciencia, era culpa de la lluvia y su recuerdo, de la noche oscura y cerrada. Me levanté calmado hacia la puerta, sintiendo eso sí mi corazón latir con violencia y excitación. Iba a lo que fuere y poco me importaba, sólo no quería morir para verle a él muerto. Mi sangre volvió a su temperatura normal y la abrí...
Silencio. Silencio opacado sólo por la lluvia. Era ella empapada en mi puerta, era ella enmudecida entrando a mi habitación. Me pareció una escena lenta que no acababa de comprender, ella por fin en mi guarida y yo viéndola como un pelmazo bajo la lluvia. Me volteé hacia adentro y cerré la puerta. Ya no me parecía tan oscura, ya no estaba tan sola, éramos dos en ella y eso me llenaba.
Le susurré que se quitara esa ropa mojada, que no quería volver a cuidar a tontas convalecientes. Que no estaba para eso. Como me lo esperaba no me respondió, sólo se acercó a la ventana y vio hacia afuera. ¿Había algo que no hubiera visto antes de venir? ¿Venía a echarme en cara mi soledad, ignorándome en mi propia guarida?
Me acerqué a ella a paso lento, quería asustarla para explicar su mirada. Ella me pidió que no me acercara, que me quedara dónde estaba. De verdad no la comprendía, de verdad quería... quería llegar a ella y entenderla. Le dije que ella había venido hacia mí, que no podía exigirme nada. Absolutamente nada.
- Y-yo...n-ni siquiera s-sé a- a qué vine... p-pero... n-no quería estar so-sola esta noche.
Perfecto...
Miles de pensamientos se arremolinaron en mi cabeza, estaba a punto de estallar y ella no me ayudaba. Tan sólo esa frase le bastó para despertar mis deseos que tanto luchaba por esconder. Sin importar lo que me dijera me acerqué a su lado, también viendo la ventana, pero mi atención concentrada enteramente en ella, en su cuerpo frágil junto a mí. Se hizo un silencio incomprensible, que me pareció agradable, parecía que sólo me interesaba tenerla cerca y saber que había venido hacia mí. Acerqué mi cuerpo a ella haciendo que quedara pegada a la pared, cerró sus ojos y lo supe. Creí saber. La besé suavemente, recorriendo su boca a intervalos cortos, costándome el no acelerarme, el no asustarla. Me rodeó el cuello con sus frágiles brazos y apreté aún más su cintura.
Caímos a la cama suavemente haciéndome enloquecer su cuerpo bajo el mío, tembloroso y el gemir suave de sus labios. Jamás había sentido algo parecido. Jamás había disfrutado de esa forma al estar con una mujer. Era ella, toda ella quién me hacía sentir todo eso. Como nunca antes. Acaricié su pelo y me aparté de ella para verla bajo mí.
Sus ojos brillaban y no necesitaba más explicaciones, ella necesitaba tanto de mí como yo de ella. Nada más.
Pero algo no calzaba, a pesar de estar con Hinata.
Me incorporé callado sin dejar de mirarla, sin perder el contacto visual y ella no huyó de mis ojos. Parecía adivinarlo. Yo dudaba y ella lo sabía. Su expresión no cambiaba y no trataba de disculparse.
- ¿Qué haces aquí?
- Quería verte- me respondió con voz acariciante, alzando una mano a mi mejilla, para acariciarme.
Me pareció cruel. Y me volví a odiar, ella podía causar eso , hacerme sentir miserable y perdido. Sin embargo no podía dejar de mirarla, no tenía expresión y eso me dolía. Quité su mano y la agarré con fuerza, quería que le doliera, que me demostrara que algo podía sentir por mí. Que podía hacerle sentir algo. Era un imbécil y ambos lo sabíamos.
- ¿Has traído a espías? ¿Vas a traicionarme?
Era un mal recurso, pero quería oírla. Sentí en un momento que de tan solo quererlo podría acabar conmigo. Hinata se incorporó quedando nuestros rostros muy juntos, su aliento cálido, su aroma me golpeaba de forma más que agradable . No lo resistía.
-¿ De-de verdad l-lo crees? ¿Y qu-qué sacaría yo? Eres... tan tonto.
Mis palabras en su boca. Mi insulto llegándome a la cara y sin poder evitarlo. Tenía razón y mucha, era un idiota por ella y ya no lo evitaría.
Volví a besarla con fuerza y no se negó. Entregó su boca sin miramientos y me olvidé de todo por unos instantes. Su boca, su aroma, su cuerpo, todo eso me narcotizaba y me gustaba. Era… era de ella sin pensarlo, sin poder siquiera negarme.
Metí mis manos bajo su ropa, acariciando cada parte de su ser, su piel erizada a mi contacto. Intenté quitarle la ropa, pero me rechazó con violencia. No me importó y como un alienado continué a pesar de sus protestas. Por un momento lo perdí todo de vista, hundiéndome en esa piel tan suave y cálida, tan sumamente aromática y deliciosa.
Volví en mí al escuchar sus gritos. Que no quería, que no deseaba eso de mí. Que yo era otra vez el idiota y no la comprendía. Me quedé callado mirándola, pensando en algo doloroso para decirle. Para que le doliera como me dolía a mí. Le repliqué que ella había venido en mi búsqueda y que no la consideraba inocente.
Sentí un ardor en mi mejilla. Me había abofeteado, y a pesar de su apariencia golpeaba bien. Le agarré las muñecas, pero no se detuvo ya que con sus rodillas intentó golpearme. Le pedí que se detuviera, que no me iba a dañar siendo que por dentro… Su rechazo dolía.
- ¿Con quién duermes que no te quieres acostar conmigo? ¿Alguno de tus amigos?
Lo dije fríamente, demostrándole lo que pensaba de ella. Se calmó. Se quedó quieta, pero casi podía ver su rostro a punto de llorar, era un miserable, ella lo pensaba, se veía en sus ojos. Volví a subirme a su cuerpo, pero ella no respondía. Era como un muñeco de trapo, sin alma, sin sentir. Y ella no era así. Ella podía sonreír con todos y ser feliz. No conmigo. Por que era un miserable.
“¿Por qué no lo puedes creer? ¿Por qué a ellos y a mi no?”
Me hizo enfurecer, perdí los estribos y la insulté le grité puta, cínica y buscavidas. Pensé que me respondería, que haría algo para defenderse, para decirme lo equivocado que estaba. Pero no lo hizo. No lo hizo y sentí… Que tal vez yo tendría razón. Su llanto. Un llanto callado comenzó a correr por sus mejillas, un llanto resignado en si mismo. Eso me hizo enfurecer más. Me levanté de la cama enrabiado y la levanté a ella. Sentí que estaba vacía en esos momentos como una fina muñeca de porcelana.
- ¡Si vuelves otra vez te voy a matar!
Un ahogado gemido salió de su garganta, ahora tenía motivos para temerme. Me estaba destruyendo y no le iba a permitir verlo. Esa satisfacción no sería para ella, al diablo con su jugarreta sádica e infantil.
- No perderé mi tiempo con una patética como tú.
Fue lo último que le dije y no obtuve respuesta. La frase quedó en el aire. El aire impregnado de su esencia. Caí a la cama con el peso del mundo sobre mí. Me sentí más cabrón que al haberme ido de Konoha, y sabía que ella no volvería. Esta vez la había herido de verdad.
Pensar que la había perdido para siempre me hizo volver a mi realidad. La necesitaba. La deseaba tanto que me hacía daño y no podía ya negármelo. Era enteramente de ella, sin vergüenza le pertenecía, pero se había ido sin decirme nada. Quise morir. Quise morir mil veces. Quise acabar con la vida que no me parecía nada. Pero seguiría viviendo por ella.
Aunque yo nunca la tuve, en realidad.
Pasaron las semanas y todos los días me parecían iguales. Nada me parecía suficiente. No me la podía sacar de la cabeza y me sentía débil. La necesitaba, quería verla y la única opción… Era volver…
Mi orgullo o ella. Y por primera vez mi yo quedó relegado al final.
“Debo ir a por ti. Ya no lo resisto”
Eran las mismas calles de mi niñez. La misma lluvia melancólica que lo inundaba todo, la misma soledad por los rincones en la tarde. Y los recuerdos volvieron a mi incontenibles Alguna vez fui parte de todo aquello. Alguna vez fui feliz corriendo por esos lugares, sin pensar en lo que se avecinaba. Sin pensar en que mi vida se destruiría…
Nadie podría detectar mi presencia. Y recordaba aún todos los caminos. El de ella era el único que me importaba. Pero me detuve un momento. De verdad estaba ahí y sólo por ella, lo que nadie había logrado. Estaba a su merced.
La noche ya caía lo que me hizo sentir bien, protegido y tranquilo. Vi su casa. Su casa orgullosa y noble, pero sabía que no le hacía feliz. Pensando en eso me adentré por los jardines hacia las ventanas para hallar la suya. Una. Sólo una tenía luz y las demás estaban en la más completa oscuridad.
Como mosquito atrapado por la luz me encaminé hacia ella. No debí hacerlo. Me dolió más que nada…
Estaba ella, sentada sobre lo que supuse su cama, “casi” acostada sobre ella y su mirada fija…en él. Su primo. Su primo que se acercaba a ella sin dejar de mirarla, recorriéndole cada parte del cuerpo con tan solo su mirada. Y ella. Tenía una sonrisa enigmática en los labios... La más cruel para mí.